miércoles, 2 de julio de 2014

CURRICULO COMO CAMPO Y COMO ASUNTO PEDAGOGICO, SOCIAL, CULTURAL Y POLITICO



Por Carmen Eugenia Cobo Montenegro

Haber sido y seguir siendo  estudiante, ser docente, lectora, mujer, colombiana y ciudadana en el proceso de transición entre dos siglos, son eventos que no sólo cargan de una historicidad propia las diversas formas de abordar los roles, sino que también apuntalan mi reflexión sobre el currículo en relación al campo específico de mi disciplina y a lo pedagógico. Si bien, es posible objetivar muchos de los elementos del currículo, al punto de poder traducirlos de alguna manera en productos textuales, esta vez deseo dejarme implicar por algunos aspectos subjetivos y socio-culturales en mi devenir histórico ligado al conocimiento mismo, sobre todo porque creo firmemente que el “alma” misma del currículo es la que con mayor potencia incide en los procesos de educativos más transformadores y significativos del sujeto humano.

Es posible que comparta con todos mis compañeros(as) del diplomado, la emergencia cotidiana de preguntas tales como ¿qué tengo para ofrecer al otro en el campo del conocimiento? ¿Cómo construir saberes con el otro? ¿Cómo hacer que de la práctica docente, devenga algo verdaderamente significativo para todos los participantes de la experiencia académica? ¿Desde una perspectiva ética y política, cómo contribuir en el fortalecimiento o formación de escenarios cuyo discurso se construya en la búsqueda de la coherencia y no solamente la fuerza de la retórica? La configuración de un currículo como campo y como asunto pedagógico, social, cultural y político, requiere de la participación de varios actores: los estudiantes, los docentes, los administrativos, las políticas públicas, las perspectivas universitarias, los gremios profesionales y académicos, etc. Este conjunto de actores han de procurar que la experiencia formativa proveniente de los procesos institucionales de enseñanza-aprendizaje, propenda por la construcción del conocimiento en un permanente interdiálogo entre estudiantes, autores, realidades estudiadas y docente. Así, ha de decirse entonces que se trata de un proceso de permanente transformación, puesto que se trata de un diálogo cuya fecundidad depende de las tensiones propias de la construcción desde lo diverso y múltiple.

En mi caso, el espacio curricular que hace parte de mi potestad, se manifiesta principalmente en el trabajo que se realiza en cada curso, en donde se propone porque los participantes cuenten con un espacio académico, reflexivo y crítico que les permita pensar y construir su rol disciplinar, desde el análisis de los contextos socioculturales, las subjetividades particulares y las singularidades de los sujetos,  a la luz de las preocupaciones contemporáneas y de propuestas “otras” de abordaje de los aspectos psico-sociales vinculados con las formas como los ciudadanos actuales afrontan las problemáticas propias y de su contexto. Y para ello se reconoce como necesidad fundamental, que los estudiantes conciban sus propias preguntas y la posible emergencia de  respuestas que pueden resultar muy lejanas de las verdades hegemónicas y universalizantes. Se trata pues de un espacio curricular en donde la discusión activa y fecunda es en sí misma la fuente de conocimiento. Allí actúo como alguien que desde su convicción  propone  lecturas actuales y/o actualizadas sobre los temas, que coordina la participación grupal, atendiendo directamente a algunas de las preguntas o cuestiones que surgen en el aula, pero sin pretender ser la dueña de un discurso con una sola y única verdad. Esa apuesta curricular, desde lo micro, busca contraponerse a la mirada del estudiante como futuro trabajador- mercancía, y defiende la necesidad de que un sujeto actúe siempre valorando el ejercicio de  coaprendizaje, en tanto estudiante, ciudadano o profesional.

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