Por Carmen Eugenia Cobo
Montenegro
Haber sido y seguir siendo estudiante, ser docente, lectora, mujer,
colombiana y ciudadana en el proceso de transición entre dos siglos, son
eventos que no sólo cargan de una historicidad propia las diversas formas de
abordar los roles, sino que también apuntalan mi reflexión sobre el currículo
en relación al campo específico de mi disciplina y a lo pedagógico. Si bien, es
posible objetivar muchos de los elementos del currículo, al punto de poder
traducirlos de alguna manera en productos textuales, esta vez deseo dejarme
implicar por algunos aspectos subjetivos y socio-culturales en mi devenir
histórico ligado al conocimiento mismo, sobre todo porque creo firmemente que
el “alma” misma del currículo es la que con mayor potencia incide en los
procesos de educativos más transformadores y significativos del sujeto humano.
Es posible que comparta con todos
mis compañeros(as) del diplomado, la emergencia cotidiana de preguntas tales
como ¿qué tengo para ofrecer al otro en el campo del conocimiento? ¿Cómo
construir saberes con el otro? ¿Cómo hacer que de la práctica docente, devenga algo
verdaderamente significativo para todos los participantes de la experiencia
académica? ¿Desde una perspectiva ética y política, cómo contribuir en el
fortalecimiento o formación de escenarios cuyo discurso se construya en la
búsqueda de la coherencia y no solamente la fuerza de la retórica? La
configuración de un currículo como campo y como asunto pedagógico, social,
cultural y político, requiere de la participación de varios actores: los
estudiantes, los docentes, los administrativos, las políticas públicas, las
perspectivas universitarias, los gremios profesionales y académicos, etc. Este
conjunto de actores han de procurar que la experiencia formativa proveniente de
los procesos institucionales de enseñanza-aprendizaje, propenda por la
construcción del conocimiento en un permanente interdiálogo entre estudiantes,
autores, realidades estudiadas y docente. Así, ha de decirse entonces que se
trata de un proceso de permanente transformación, puesto que se trata de un
diálogo cuya fecundidad depende de las tensiones propias de la construcción
desde lo diverso y múltiple.
En mi caso, el espacio curricular
que hace parte de mi potestad, se manifiesta principalmente en el trabajo que
se realiza en cada curso, en donde se propone porque los participantes cuenten
con un espacio académico, reflexivo y crítico que les permita pensar y
construir su rol disciplinar, desde el análisis de los contextos
socioculturales, las subjetividades particulares y las singularidades de los
sujetos, a la luz de las preocupaciones
contemporáneas y de propuestas “otras” de abordaje de los aspectos psico-sociales
vinculados con las formas como los ciudadanos actuales afrontan las
problemáticas propias y de su contexto. Y para ello se reconoce como necesidad
fundamental, que los estudiantes conciban sus propias preguntas y la posible
emergencia de respuestas que pueden
resultar muy lejanas de las verdades hegemónicas y universalizantes. Se trata
pues de un espacio curricular en donde la discusión activa y fecunda es en sí
misma la fuente de conocimiento. Allí actúo como alguien que desde su
convicción propone lecturas actuales y/o actualizadas sobre los
temas, que coordina la participación grupal, atendiendo directamente a algunas
de las preguntas o cuestiones que surgen en el aula, pero sin pretender ser la
dueña de un discurso con una sola y única verdad. Esa apuesta curricular, desde
lo micro, busca contraponerse a la mirada del estudiante como futuro trabajador-
mercancía, y defiende la necesidad de que un sujeto actúe siempre valorando el
ejercicio de coaprendizaje, en tanto
estudiante, ciudadano o profesional.
No hay comentarios:
Publicar un comentario